Corralito

Soy un hombre de costumbres.

Prefiero moverme dentro de marcos seguros y que todo lo que hago tenga consecuencias previsibles. Y eso viene de aquí: como corresponde a un niño pequeño, quería explorar el entorno a gatas y probar todo tipo de cosas emocionantes. Para mi propia seguridad y para que mis padres tuvieran algo más de libertad de movimiento, se compró un corralito. Una de esas jaulas cuadradas plegables con barrotes de madera, una alfombrita blanda y un cordel con toda clase de juguetitos insignificantes… Por suerte sin tapa; eso sí.

No recuerdo qué me parecía que me metieran en el corralito a todas horas, viniera o no a cuento. Quizás lloraba hasta cansarme o intentaba trepar por el borde. Y naturalmente, después de que me metieran en el corralito de manera constante, empecé a considerar normal esa privación de libertad. Llegó a ser incluso un rincón seguro, donde yo, de pequeño, mandaba. Tan seguro y controlable, que las ocasiones en que me sacaban del corralito me daban cada vez más inseguridad y solo volvía a estar tranquilo dentro de la protección de mi jaula de madera.

Al crecer, siempre había otro corralito en el que me metían. Por mi seguridad y para aprender a ser un adulto obediente; para llegar a ser igual que los guardianes de mi corralito. Los barrotes ya no eran de simple madera, sino de valores, normas, reglas, tradiciones y disciplinas. El espacio consistía en información preseleccionada que realmente hacía falta para la formación, la adaptación y la futura carrera. Eso empezó ya con el recorrido por diversas escuelas, el club deportivo y los scouts. Pero también la cultura de nuestra calle era un corralito así, donde los chicos mayores lo metían a uno por su seguridad y para controlarlo. Bajo pena de paliza si uno salía de sus normas y límites.

Pero los niños pequeños crecen, y llegaron los años de rebeldía contra todos esos corralitos en los que a uno lo meten “por su propio bien”. Descubrí que los barrotes podían doblarse y así entré en mundos desconocidos. Al principio fue muy divertido y hubo muchas aventuras, pero pronto fui a parar a otro corralito: el de hacer cosas que en realidad uno no quiere y que son decididamente dañinas para uno mismo y para el otro. Ese corralito era yo, yo y nada más que yo, y los barrotes eran barrotes del ego. Ese corralito estaba gestionado por un sujeto muy siniestro, que no ofrecía ninguna posibilidad de escapar. Gracias a Dios, por la intervención de una Persona especial me sacaron de ese corralito y me colocaron en un espacio maravilloso de amor, gracia y libertad. Jesús es su nombre.

Sin embargo, con regularidad vuelvo a entrar en aquel viejo corralito seguro, con su alfombrita blanda y sus juguetitos insignificantes. Los barrotes, en parte colocados por mí mismo, son ahora normas religiosas, dogmas y disciplinas mezclados con placeres terrenales. Y cuando alguna vez, por gracia, me levantan por encima de ello, puede resultar algo extraño y por costumbre vuelvo a entrar en esa jaula segura. Además, no estoy solo allí. Puede ser muy agradable e incluso bastante cristiano.

Y sin embargo ahí está esa voz silenciosa que llama a salir para siempre del corralito: “Out Of The Box”. Porque el Espíritu Santo actúa sobre todo fuera del corralito y no dentro de él. Eso lo vemos en la vida ejemplar de Jesús.

Por eso, la cuestión no es si Dios quiere sacarnos, por medio de su Espíritu, de la jaula que nosotros mismos hemos elegido. Eso ya lo ha hecho en Jesús; los barrotes han desaparecido. La cuestión es si nosotros lo queremos y queremos vivir de verdad en el espacio y la libertad de Dios. Lo que nos frena es el miedo a lo que corremos el riesgo de perder. Invitemos primero al Espíritu Santo a que nos muestre otra vez, con toda claridad, lo que ganamos con ello. Bendiciones, Marijn Burkunk. Marijn es un amigo y uno de los fundadores de Oasis Trails. http://Www.oasistrails.org Para el boletín en neerlandés de Oasis Trails: [email protected]

Hace unos 25 años, yo (Wiebe) hice esta obra. Mi motivación entonces tenía el mismo sentido que el relato de Marijn ahora. Entretanto le he asociado una segunda idea, a saber: cuando alguien ha sido condenado por sus malas acciones y ha recibido un castigo por ello, preferimos mantener a esa persona tras las rejas. Encadenada y marcada. Jesús nos pide que visitemos a los presos y que ofrezcamos una mano amiga en el proceso de reinserción. Cuidar de nosotros mismos es cuidar los unos de los otros.

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