“EMERGO” en Ameland

Hace poco, en un día radiante, recorría las dunas de Ameland a mi aire. Disfrutando del viento, del sol y de la libertad. Aquí y allá una flor abierta, espino amarillo y flor de saúco. A lo lejos, un halcón se cernía en el cielo como en oración. Apenas había gente. Cuando pasé la última duna, había un banco con vistas a la Bahía Alemana, una parte del mar del Norte. Ese era mi sitio para ese momento. Después de un rato disfrutando del susurro del viento, oí voces tenues. Detrás de mí venía un grupito de personas mayores caminando por la arena blanda. “Qué alegría encontrarle aquí”, dice una señora. “¿Nos haría una foto?” Claro que sí. Y una vez que se colocaron alrededor del banco y sobre él, no fue difícil sacar una buena foto.

“Hoy es mi cumpleaños”, dice una de las señoras. Ha cumplido 69 años. “Pues quien cumple años siempre recibe algo”, digo yo, y busco en mi mochila una sorpresa. Mandé hacer una tarjeta con un texto especial para situaciones como esta. Hace 50 años estuve en la feria agrícola de Zuidlaren. Fuera todavía había entonces el animado mercado de caballos. Una vivencia anual, el tercer martes de octubre, para las provincias del norte. En la gran Prins Bernhardhal había de todo para ver y vivir en materia de novedades para el agricultor: tractores de distintas marcas, enormes cosechadoras y mucho más. Entre aquellos grandes puestos había un señor sentado a una pequeña mesa. Un gran contraste con el resto. Estaba allí sentado, concentrado, escribiendo textos. Alrededor del texto había dibujado un elegante marco. Arriba, con letras grandes, ponía ‘Emergo’. Lo reconocí del escudo de Zelanda: ‘Luctor et Emergo’, “Lucho y salgo a flote”.

Lo estuve mirando lleno de admiración. El diseño del texto, la caligrafía y el profundo significado de las palabras me hablaron. De esto se trata, me di cuenta. Tengo que salir a flote. No ir tirando como tantas personas a mi alrededor. Tengo que salir a flote, llegar a donde estoy destinado. Seguir un camino único que no se parezca al de los demás. Confiar en que no tengo que hacerlo solo, en que lo lograré… sea lo que sea. ¿Qué sabía yo de la vida? Tenía entonces 17 años.

Y ahora ese texto salía de mi mochila como un regalo del cielo.

Espontáneamente y con claridad, la cumpleañera recitó el texto. Todos callaron, atentos. Si piensas: “estoy vencido”, la derrota es un hecho. Si piensas “no flaquearé”, a la larga ganas la batalla… así siguió, línea por línea. Hubo silencio cuando llegó al final. Alguien comentó que recordaba una canción. “Somos creyentes”, explicó alguien del grupo. Espontáneamente alguien empezó y juntos cantaron:

Cuando te halles en apuros y no veas salida,
no olvides nunca: Dios no te abandona.
¡No temas la aflicción! La fidelidad del Señor es grande,
y a la oscuridad de la noche sigue el arrebol de la mañana.
Aunque rujan las tormentas, no temas ningún mal;
Dios te protegerá, él es tu amparo.

Un momento especial en las dunas con personas totalmente desconocidas, pero con la misma voluntad y confianza de vencer.

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