Obras

Los discípulos de Emaús

Material
Material encontrado, Madera
Dimensiones
altura 57 cm

“El hierro se afila con el hierro, y el hombre en el trato con el hombre” (Pr 27:17).

Tras un largo proceso en la naturaleza —en el propio árbol—, en el que se han ido puliendo al rozarse la una contra la otra, estas dos ramas encajan ahora casi sin juntura. Cuando, después de una fuerte tormenta de otoño, encontré en el suelo una de las ramas dañadas, supe que había otra rama que también tenía que encontrar. Costó un rato buscarla. Al final estaba más cerca de lo que pensaba. Entonces me puse a trabajarlas hasta formar una escultura compuesta.

Si miramos la forma, cuesta poco reconocer a dos personas en esta escultura. Y quizá vea usted más cosas llamativas. La escultura me conmueve por la sencillez que respira, y por eso también transmite una enorme calma. Me hace pensar en la historia de dos personas que van de camino a un lugar llamado Emaús. Venían de Jerusalén, donde Jesús había resucitado de entre los muertos. Se preguntaban si algo así era posible. De repente, alguien camina con ellos y participa en la conversación. Da respuestas que importan. Cuando llegan al lugar adonde debían ir, invitan al forastero a comer con ellos. Allí se dan cuenta de que es Jesús quien les habla. (Lc 24:13-35) Se ven dos, pero en realidad son tres.

Otro aspecto en el que me detuve mientras la trabajaba tiene que ver con las relaciones. En las relaciones entre nosotros no deberíamos tener miedo de conocernos mejor. La práctica enseña que todo puede “pinchar o rozar”, y entonces preferimos irnos antes que preguntarnos algo, darnos la mano o abrazarnos. Hacen falta sabiduría, paciencia, fidelidad, aceptación, creatividad y a veces ayuda para aprender a disfrutar el uno del otro. Cuando alguien es rechazado o alguien se marcha, solo queda lugar para el vacío. Quizá haya alguien con quien hace demasiado tiempo que no hay un contacto de verdad. Haga algo al respecto…